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Historia de la pedagogía Waldorf

Una educación nacida para
renovar la vida

La pedagogía Waldorf nació de una pregunta todavía vigente: cómo educar respetando las transformaciones de la infancia y preparando seres humanos capaces de pensar por sí mismos, encontrarse con otros y actuar responsablemente en el mundo.

Rudolf Steiner —filósofo, investigador de la obra de Goethe, educador y artista— comprendió al ser humano como una unidad viva en desarrollo. Educar supone reconocer qué capacidades están madurando y ofrecer experiencias adecuadas a cada etapa.

En 1919, por iniciativa de Emil Molt, fundó en Stuttgart una escuela para los hijos e hijas de los trabajadores de la fábrica Waldorf-Astoria. En la Europa de posguerra, esta propuesta buscaba contribuir a una vida social más libre, justa y humana. Integró conocimiento, arte, movimiento, trabajo manual y observación de la naturaleza; de ella nació un movimiento pedagógico presente hoy en diversas culturas.

Vista aérea del Goetheanum en Dornach
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La enseñanza cambia
cuando cambia el niño

La pedagogía Waldorf comprende el desarrollo en grandes ciclos de aproximadamente siete años. No son divisiones rígidas, sino transformaciones en la manera en que el niño se relaciona con su cuerpo, con los adultos y con el mundo.

Niños jugando en el parque de Los Farolitos

Primer septenio · El mundo se hace cuerpo

Del nacimiento a la madurez escolar

Durante los primeros años tienen lugar algunas de las transformaciones más intensas de toda la vida humana. El niño conquista la verticalidad y el andar, entra en el lenguaje y, a través de él, comienza a desplegar el pensamiento. Son adquisiciones profundamente ligadas entre sí y asentadas en la relación viva con los otros.

Nada de esto se produce todavía como aprendizaje intelectual. El niño aprende participando: observa, imita, se mueve, juega, escucha, repite, prueba. Su organismo entero está comprometido en esta tarea de apropiarse del cuerpo y, al mismo tiempo, de entrar en el mundo humano.

Andar, hablar y pensar son gestos evolutivos fundantes. No volverán a darse con esta intensidad ni de esta forma en ningún otro momento de la biografía. En ellos se establecen bases para la autonomía corporal, el lenguaje, la relación con los demás y la posibilidad futura de pensar desde sí.

Por eso, en este septenio, educar significa ante todo ofrecer un entorno digno de ser imitado: movimiento, lenguaje vivo, juego, experiencias verdaderas, vínculos confiables, ritmo y acciones cotidianas cargadas de sentido.

Hacia el final de estos años se produce una nueva transformación. La enorme tarea dedicada a formar y organizar el cuerpo comienza a liberar fuerzas para recordar, representar, sostener la atención y aprender de otra manera. La madurez escolar no es solamente una cuestión de edad: expresa que el niño ha alcanzado una nueva disponibilidad interior para entrar en el aprendizaje escolar.

Aquello que primero fue conquistado corporalmente puede ahora comenzar a convertirse en experiencia interior.

Niñas trabajando con formas geométricas y color

Segundo septenio · El mundo se hace imagen

De la madurez escolar a la pubertad

Ahora el mundo puede vivir dentro del niño como imagen, relato, experiencia y sentimiento. Ya no aprende solamente haciendo: puede recordar, imaginar, relacionar, seguir procesos y construir conocimientos cada vez más complejos.

Pero su pensamiento todavía necesita permanecer unido a la vida. Por eso la enseñanza Waldorf busca que incluso el trabajo intelectual nazca de algo que pueda ser contemplado, experimentado, narrado, dibujado, transformado o descubierto.

Aquí adquiere una importancia decisiva la disposición del maestro. No alcanza con conocer un contenido y transmitirlo correctamente: necesita trabajarlo interiormente y encontrar una forma viva, bella y significativa de presentarlo. La actitud artística no consiste simplemente en agregar dibujos, música o actividades creativas, sino en configurar la enseñanza misma: elegir una imagen precisa, construir un relato, encontrar un ritmo, formular una pregunta, realizar una demostración o disponer una experiencia de manera que aquello que se aprende pueda ser comprendido y, al mismo tiempo, vivido.

Lo artístico siempre está al servicio del sentido. La belleza no busca adornar el contenido ni volverlo más entretenido, sino permitir que su significado pueda hacerse experiencia. Una forma bella pero vacía pierde fuerza educativa; del mismo modo, un contenido verdadero presentado de manera muerta puede no encontrar todavía el camino hacia el niño.

Aprender así matemáticas, historia, lengua o ciencias no significa evitar el pensamiento: significa hacerlo crecer sin separarlo prematuramente de la experiencia y del sentimiento.

En estos años cobra una importancia especial el encuentro con la belleza. Una narración bien construida, una demostración clara, una página cuidadosamente realizada, una forma geométrica o una observación precisa de la naturaleza pueden despertar la experiencia de que comprender algo también puede ser bello, y que la belleza puede revelar sentido.

Poco a poco, especialmente hacia los últimos años del septenio, la imagen comienza a transformarse. El niño ya no quiere solamente recibir el mundo: empieza a preguntarse por qué es como es. Aparece con creciente fuerza la causalidad, la búsqueda de explicaciones y el deseo de comprender.

La imagen está preparando al pensamiento.

Jóvenes realizando una experiencia de laboratorio

Tercer septenio · El mundo se hace pensamiento y pregunta

De la pubertad hacia la adultez joven

Con la adolescencia aparece una nueva distancia respecto del mundo. Aquello que antes podía ser vivido o aceptado ahora necesita ser examinado.

El joven pregunta: ¿es verdad?, ¿por qué?, ¿qué pienso yo?, ¿desde qué punto de vista puede comprenderse esto?

El trabajo educativo puede entonces dirigirse cada vez más conscientemente hacia las ideas, los conceptos, las relaciones causales, la argumentación y la formación de juicios. Ya no alcanza con presentar una imagen significativa: es necesario abrir problemas, confrontar perspectivas, buscar fundamentos y permitir que el pensamiento encuentre sus propias leyes.

También los sentimientos se transforman. La experiencia de belleza cultivada durante el segundo septenio puede convertirse ahora en sensibilidad para reconocer coherencia, verdad, contradicción, injusticia, grandeza o ideal.

El pensamiento ya no debería limitarse a reproducir el pensamiento del adulto. Necesita convertirse progresivamente en pensamiento propio.

Así, aquello que comenzó en la infancia como conquista corporal del mundo, y que durante la niñez se volvió experiencia interior, imagen y sentimiento, puede transformarse en la adolescencia en una relación consciente con la realidad.

Primero el niño conquista el mundo con su cuerpo.
Después aprende a llevarlo dentro de sí como imagen viva y significativa.
Finalmente puede situarse frente a él, comprenderlo y formar un juicio propio.

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Una raíz compartida,
una forma propia

Hoy la pedagogía Waldorf vive en culturas y paisajes muy diferentes. El Goetheanum, en Dornach, y las asociaciones de cada país sostienen espacios de encuentro, estudio e investigación que buscan renovar la práctica sin uniformar las escuelas.

En Coronel Dorrego, Los Farolitos da una forma situada a ese impulso. El paisaje rural, las estaciones y la vida de la comunidad forman parte de una propuesta que se construye junto a las familias del lugar.

Juego, cuentos, canto, trabajo con las manos, caminatas, tareas reales y ritmo cotidiano adquieren sentido porque nacen de una pregunta interior: qué necesita este niño, en este momento, para desarrollar sus capacidades y entrar en relación con el mundo.

Un niño explorando las plantas del predioNiños caminando entre el trigo en Coronel DorregoEl ambiente preparado en una de las salas de Los FarolitosFaroles realizados por la comunidadUna niña participando de la celebración de los farolesFiguras de lana y materiales abiertos para el juegoUn niño recorriendo el paisaje de Coronel DorregoNiños trabajando juntos alrededor de una mesaUna mesa de estación preparada con elementos de la naturalezaUna escena de juego construida con materiales naturalesUna ronda de familias y niños al aire libreNiños compartiendo una actividad de cocina
Niños creando un juego compartido con telas y figuras de lanaUna niña tejiendo con los dedos

Un impulso que encuentra nuevas formas

Del origen
a Los Farolitos

  1. Edificio de la primera escuela Waldorf en Stuttgart

    Abre en Stuttgart la primera escuela Waldorf, nacida de un impulso de renovación social.

  2. Edificio de la Escuela Rudolf Steiner de Florida

    En Florida, Buenos Aires, comienza el primer jardín y se funda la Escuela Rudolf Steiner, primera escuela Waldorf de la Argentina y de Latinoamérica.

  3. Primeros encuentros de formación del impulso de Los Farolitos

    Nace en Coronel Dorrego el impulso de Los Farolitos.

  4. Uno de los primeros talleres de Los Farolitos

    Los primeros talleres reúnen a niños, familias y educadores, y el impulso comienza a tomar forma comunitaria.

  5. Familias llegando al Jardín Los Farolitos en 2018

    El Jardín de Infantes abre sus puertas y comienza su recorrido cotidiano junto a los niños y sus familias.

  6. Actividad de los Talleres de Arte y Naturaleza

    Comienzan los Talleres de Arte y Naturaleza para niños y niñas de primaria.

  7. Encuentro de la comunidad de Los Farolitos

    Los Farolitos integra la Red Waldorf Argentina, la Lista Mundial IASWECE y la comunidad internacional Steiner Waldorf World.

Una comunidad mundial

En diálogo
con otras comunidades

Pertenecer al movimiento Waldorf nacional e internacional nos ofrece intercambio y formación, y también la responsabilidad de cuidar sus fundamentos mediante una práctica contemporánea y en permanente revisión.

La Red y la Federación de Escuelas Waldorf de la Argentina

La Red de Escuelas Waldorf nació del trabajo mancomunado entre las escuelas y expresa un movimiento vivo de encuentro, cooperación y aprendizaje compartido. Para dar representación legal a ese trabajo y realizar presentaciones y actuaciones ante los organismos educativos y el Estado, se hizo necesaria una Federación.

Tras varios años de trabajo conjunto, comenzó a tomar forma la Federación de Escuelas Waldorf de la Argentina como organismo legal de la Red de Escuelas.

Entre los requisitos para integrar la Federación se encuentran:

  • Formar parte de la lista mundial del Foro Internacional de la corriente Pedagógica Waldorf, organizado por la Sección Pedagógica del Goetheanum.
  • Estar constituida como persona jurídica sin fines de lucro. En consonancia con los ideales de la Triformación Social, la escuela se organiza de manera asociativa: la comunidad sostiene el proyecto y la institución no tiene dueños.